Contra Aparcachiquis

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Huye de los rostros graves que no saben reír y de los espíritus que no entienden de ironía

Ricardo León y Román

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Una aclaración antes de empezar: No entiendo la postura de Aparcachiquis. Lo he intentado, pero no lo he conseguido. Esto está lejos de ser un problema. Al contrario: Me ayudará en mi objetivo inicial de construir un moñeco de paja y atizarle. Simplemente, quiero hacer constar que, después de escucharle y leer sus referencias, no tengo ni puta idea de cuál es la tesis que sostiene (a pesar de que creo que puede reducirse a dos frases sin subordinadas).

También quiero dejar claro desde el principio que aquí se banca la ironía, la metaironía, la autorreferencia e incluso la autolesión. Aquí se banca lo posmoderno. Qué le vamos a hacer. Todos pensamos desde nuestra herencia, y yo vengo del país de El Quijote.

Pero, bueno, ¿cuál es la posición de Aparcachiquis? Mi moñeco de paja es el siguiente: Que no se puede mantener una actitud de distancia irónica con las cosas importantes, porque las cosas importantes son importantes y mucho importantes y que la ironía y el cinismo no permiten construir ni afirmar nada, sino más bien lo contrario.

Por tanto, una mirada irónica y cínica condena, con suerte, a preservar el statu quo, porque la ironía hace más llevadera la situación y el cinismo imposibilita creer en que pueda haber algo mejor. En última instancia, esa ironía y ese cinismo posmodernos son autodestructivos.

Bien.

Entiendo que Aparcachiquis percibe dos peligros: El primero, que utilizar la ironía constantemente aparte a quien la utiliza de valores ante los que no cabe la ironía; el segundo, que utilizar la ironía constantemente dé carta de naturaleza y posibilidad de ser a cosas que, en realidad, no deseamos.

Sobre lo primero… ¿Es cierto que los jóvenes no dan valor a nada? ¿Es cierto que la ironía y el cinismo de los jóvenes es generalizado y alcanza todos los valores? Eso no son gigantes, Aparcachiquis.

Lo cierto es que sí se mantiene el respeto por unos valores mínimos, se presenten bajo la Ley de Plata o los Diez Mandamientos. Más o menos, todos estamos de acuerdo en la importancia de esas normas básicas (sorprendente, miles de años respetando esas reglas y los jóvenes también lo hacen… ¡Inimaginable!).

¿Todo lo demás? Es objeto de ironía. Y está bien que así sea. El descreimiento no es ante normas que han demostrado ser funcionales a lo largo de milenios. Es ante la inflación legislativa y moral de nuestros días (a la que tú contribuyes, Aparcachiquis).

No se me ocurre nada más sano que mantener una actitud irónica frente al BOE y los tribunales inquisitoriales de tuiter y PRISA.

De hecho, hay un buen ejemplo de esto (anecdótico, eso sí, como todos los ejemplos): En algún lugar hablas del poder simbólico de Suárez, Carrillo, Gutiérrez Mellado, Izquierdo y Brabo para apuntalar la democracia y, por tanto, nuestras libertades (volveré en breves sobre esto, porque esa secuencia lógica de democracia <-> libertades también merece ironía).

Pues bien, ¿qué sería de nuestras libertades sin esos chavales, frívolos y (probablemente) fans de La Vida Moderna, que, con el único interés de seguir de fiesta, echaron a la policía de su casa, defendiendo con ello derechos y valores sagrados no ya de nuestra Constitución (de la cual también podemos y debemos hacer mofa y befa), sino de cualquier hombre libre?

Creo que tienes muchas ganas de una Greta Thunberg de derechas, Aparcachiquis. Símbolos para crear un relato. Pero, en lo que a la libertad respecta, no nos elevamos sobre los hombros de gigantes sino sobre un montón de hobbits. Lo de que si en cada barrio de Berlín hubiese habido una persona que se hubiese liado a tiros en la primera redada no habría habido Tercer Reich. Eso.

Está el segundo problema, lo de que con la ironía abramos el camino a cosas que, en realidad, no deseamos. Y, de paso, aprovecho para comentar aquí lo que dije hace un par de párrafos que trataría más adelante acerca de la democracia y las libertades.

Hay que entender que entre el desear y el no desear está el me la suda. La ironía suele estar ahí. A pesar de que creas que la ironía sirve para hacer llevadero lo que no se desea y devaluar lo que se desea, lo cierto es que la ironía está, especialmente, en lo que nos la suda.

(De hecho, en lo que nos la suda es donde tenemos suficiente distancia para tener una comprensión del fenómeno lo suficientemente amplia como para hacer posible tanto la objetividad como la ironía. Pero bueno, esto es otro tema.)

Y llegamos al punto peliagudo: Tu miedo a que la ironía de las ranas poniéndose avatares de Franco el día del alzamiento haga que, si llega algo en esa dirección, se permita, aunque no sea deseado, porque lo hemos normalizado a través de la ironía y el humor (btw, este debate ya lo vi hace cinco años en la izquierda sobre hacer coñas con Trump, pero bueno, también es otro tema –perdón, es que, como buen orangután, tengo pensamiento arbóreo).

El problema es que tú no lo deseas, otros tantos sí lo desean (algunos inteligentes, incluso, se ocultan en el rebaño de los ironistas –por suerte, los inteligentes siempre son los menos), y a la mayoría nos la suda. Nos estás juzgando desde tus miedos. ¿Que deberían ser también los nuestros? Quizá. Pero la cruda realidad es que nos la suda.

Nos la suda por lo explicado antes y por lo explicado aquí. Igual que nos la suda la Unión Europea, la globalización o su contrario, quién esté en el gobierno, o tener más ministerios que autonomías. Porque no creemos ni que sean temas importantes ni que lo importante provenga de ellos.

Entiendo que esto resulte una locura para quien cree que democracia y libertad son bicondicionales, pero los jóvenes no somos responsables de las ingenuas creencias de nuestros mayores.

Quedan, pues, tratados (bien o mal) los dos peligros que percibes.

Ahora quiero abordar algunas cosillas accesorias.

La primera es el contraste entre tu exigencia de robustez frente a tu discurso líquido. Porque, sí, defiendes algunos valores robustos (como todos, también los jóvenes ironistas), pero basta ver cualquiera de tus entrevistas/charlas para comprobar que tu discurso está repleto de “yo puedo compartir”, “yo puedo tener”, “yo puedo estar de acuerdo”, …

Vamos a ver. ¿Compartes, tienes y estás de acuerdo o no? Porque, tal y como yo lo veo, ese “puedo” es la versión cuarentona y ciudadaner de la actitud irónica, con la salvedad de que el ironista sabe que en realidad se la suda y no se pone intensito.

La segunda es que no puedes exigir a nadie que plantee una impugnación del sistema. No todo el mundo tiene por qué tener una alternativa, y exigir a un chaval que se adhiera acríticamente a un discurso de impugnación cuando ni siquiera sabe lo que es la vida es infinitamente más peligroso que dejarle hacer sus memes sobre Pinochet y sus helicópteros.

De hecho, si tanto interés tienes en que haya un discurso aglutinador antiposmoderno y (aunque sólo sea parcialmente) impugnatorio, sin importar cuál sea éste, ¿por qué no estás alzando la bandera de Greta Thunberg? ¿Por qué militas en Ciudadanos en vez de en VOX –por decir algo?

La tercera es que la ironía no es menos épica que la solemnidad. Que se lo digan a Muñoz Seca.

La cuarta es que, en términos talebianos, la ironía aporta opcionalidad. Es muy difícil asumir el coste hundido en posiciones ideológicas y morales. Es preferible que un chaval mantenga una actitud descreída, irónica, cínica y escéptica a que se sume al marxismo (o al anarcocapitalismo), porque cuanto más invierta en esa explicación total del mundo, más le costará salir de ella. Y, oh sorpresa, ninguna explicación total del mundo es correcta, y menos aún vas a ser capaz de identificar la menos incorrecta a tan corta edad.

Mantenerte en la ironía te permite tener abiertos caminos sin comprometerte con ninguno, y empezar a andarlo cuando tengas más información.

Que, bien pensado, ¿no es esto lo que hiciste tú, Aparcachiquis? Porque, seamos honestos, aunque revistas de pedantería y politiqueo tu discurso, no dejas de ser un cuarentón avisando a los chavales de que se pongan las pilas porque les está viendo cometer los mismos errores que él ya cometió.

Es decir, exactamente lo mismo que lleva sucediendo desde que el hombre bajó del árbol y oteó la sabana a dos patas por primera vez.

¿Por qué preocuparse? El cuento siempre acaba igual: Con esos chavales ocupando tu posición.

Insisto en que lo más… ¿irónico? de todo esto es verte exigir a los chavales que no tengan el discurso de un cuarentón. Cabrón, si tú lo has descubierto a los cuarenta, ¿cómo puedes exigir a los de veinte que lo descubran sin ese recorrido que tú sí hiciste?

Estamos de acuerdo en que nosotros somos los ironistas, ¿pero no eres tú el cínico?

Deja a los chavales que camelen.

La quinta es que Foster Wallace tiene nombre de galleta luchando por la libertad de Escocia.

La sexta es que es cierto que un mar de ironía es problemático. Dedicar toda tu actividad discursiva a lo estrictamente irónico es un problema. Pero creer que un tuitero hace eso es como [hacer comparación graciosa que ponga de manifiesto que el tuitero no dedica ni 5 min al tema].

La séptima es que la distancia entre lo que se es y lo que se representa ha existido siempre. La única diferencia es que ahora tenemos tuiter y podemos usar avatares en vez de proyectar con la ropa.

La octava es que yo trataría de no apelar a David Foster Wallace para tratar estos temas. Es normal que un tipo con una incapacidad patológica para relacionarse con los demás hasta el punto de la depresión y el suicidio hable de la importancia de relacionarse con el otro. Todos queremos lo que no podemos tener. Por suerte, no somos David Foster Wallace. Podemos hacer chistes sobre el amor, porque tenemos amor. Lamento que él no lo tuviera.

La novena y última es también un consejo: Deja de exigir a los chavales que propongan discursos sobre lo magnífica que es la vida en la urba y empieza a exigírsela a tus vecinos de la urba, esos de los que dices aprobatoriamente que están despolitizados.

Por dos motivos, y ambos evidentes: El primero, que son ellos los que conocen esa vida y su valor; el segundo, que son ellos los que tienen la posibilidad de poner una serie en televisión.

Está feo exigir a los chavales en vez de a los vecinos, aunque es comprensible, porque lo primero no te jode el buen rollo de la partida de dominó del sábado. Volvemos a lo de quién es el cínico.

Que emberdá no me sorprende, eh. Es lo propio en política y tú llevas demasiado en ella.

Lo que tienes que entender es que a todos los ironistas nos encantaría esa vida familiar en la urba con piscina, pero no todos podemos enchufarnos a la teta pública para pagarla.

Alguien tiene que trabajar.


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