Contra la civilización

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La civilización no suprimió la barbarie; la perfeccionó e hizo más cruel y bárbara

Voltaire

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Cuando me he puesto a buscar citas para encabezar esta niusleta no esperaba que hubiese tantísimas hablando de lo que yo iba a hablar con casi total exactitud. Y, ahora que he visto que sí, me sorprende que sea un tema del que se habla tan poco en círculos interesados en la política.

Como en toda niusleta, desarrollo la reflexión sobre la marcha. Nunca hay guion ni hilo conductor. Dejo que las ideas vayan surgiendo. La idea de esta semana, quizá la más paradójica hasta la fecha, es que la civilización convierte al hombre en un animal salvaje (y, por tanto, cruel y amoral).

O eso, o estamos dejando atrás la civilización y avanzando hacia otra cosa. Depende de si queremos salvarla o no. Como a mí me da igual, creo que me mantendré pegado a la primera tesis.

¿Cuál es la idea básica de la que parto?

Que la crueldad de la naturaleza no está en el león que muere en una pelea ni en el verse arrojado a ella sin alternativa, sino en que el que ha ganado mil y una peleas acaba inevitablemente sus días viejo, cansado, abandonado, desahuciado por los suyos y comido por los buitres.

Esa es la crueldad de la naturaleza.

Ni siquiera es la falta de un lugar para la debilidad del cuerpo a pesar de que el espíritu haya demostrado una y otra vez la máxima fortaleza. Es la falta de reconocimiento.

Las sociedades actuales se acercan a un ritmo vertiginoso a esa crueldad. El desprecio a los viejos es el rasgo cultural más original de la socialdemocracia occidental. Jamás se había dado algo parecido a lo largo de miles de años de historia.

¿El origen? Ni puta idea. La gente más simple suele echar la culpa de este tipo de cosas a los maestros de la sospecha, pero ellos sólo fueron personas lúcidas que vieron lo que venía, no los causantes de lo que vino (como ya expliqué aquí).

Lo que está claro es que, tras los fascismos y las experiencias socialistas, este proceso se aceleró. La socialdemocracia occidental es, esencialmente, una herencia fascista, así que es natural compartir esos valores de acción, juventud, progreso, adanismo…

Pero, en fin, tampoco importa demasiado cuál sea el origen. Estamos donde estamos. Aunque, quizá, decir que no importa el origen y que, estando donde estamos, hay que hacer algo, sea, precisamente, otro caso más de culto a la acción.

Todos estamos influenciados por los valores epocales. Habrá que deconstruirse. Deconstruirse, asimismo, es adanismo. ¿O quizá no? Otra vez, ni puta idea.

Pero basta de divagar. El caso es que nuestros viejos son ya hoy como esos leones que, ganando mil batallas, acaban solos, decrépitos y devorados por los buitres. No digamos ya en los muy civilizados países nórdicos.

¿Estamos avanzando en el proceso civilizatorio o todo lo contrario?

Solemos decir que tribus son bárbaras porque se matan entre sí a niveles que, proporcionalmente, dejan como tortazos de patio de colegio a las guerras mundiales. Pero eso son las peleas del león. No hay nada malo ni de salvaje en ello. El que sobrevive a esas batallas y llega a viejo es un hombre respetado en la tribu. Eso es civilización. Y eso es de lo que nosotros carecemos. Nosotros somos los bárbaros. O, quizá, ellos son los bárbaros y la civilización no es deseable.

Otra idea: La aceptación (por supuesto, nada de respeto. No hay respeto en la sociedad actual) depende de la funcionalidad. En una socialdemocracia, la funcionalidad depende del saldo que generes a las arcas del Estado. Y la de un viejo es negativa. También es negativa su productividad, que es lo que determina la funcionalidad en el capitalismo.

Pasamos de las sociedades tradicionales donde no sólo se respeta a los viejos, sino que se rinde culto a los antepasados, a sociedades donde arrinconamos a los viejos en asilos, esperando que se mueran para que, con suerte, en la legítima nos toque un cacho del apartamento en Benidorm.

Bien pensado, quizá los viejos sólo sean lo más visible porque son nuestros padres y abuelos, pero no sean una excepción. Quizá no se desprecia a los viejos, sino a lo viejo.

Por eso se desprecia y se deja que sean pasto de los buitres la religión, los clásicos, la etimología, la tradición, la familia…

Quizá la civilización es el continuo progreso hacia la deslegitimación de lo que eterno y el enaltecimiento de lo que efímero. Lo cual, en sí mismo, constituye una cruel blasfemia.

O quizá la civilización sea lo que estamos perdiendo.

No sé.

En cualquier caso, nos arrepentiremos. Dotar de máxima importancia a la primera época vital y de máximo desprecio a la última implica, necesariamente, una vida de desesperación. La consciencia de la decadencia es una condena.

Hemos desviado el foco.

Deberíamos abandonar el culto a la pelea y volver al culto a las cicatrices.


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