Contra la divulgación científica

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“Estoy convencido de que cuando un científico examina problemas no científicos puede ser tan listo o tan tonto como cualquier prójimo, y de que cuando habla de un asunto no científico, puede sonar igual de ingenuo que cualquier persona no impuesta en la materia”

Richard Feynman

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Siempre he imaginado las distopías futuristas como totalitarismos cientificistas (especialmente médicos). Nada muy original, por lo demás. ¿Qué fueron el nazismo y el socialismo real sino totalitarismos basados en el rigor científico?

Por supuesto, el divulgador científico renegará de ello. Eso no era ciencia. No se aplicó bien. Esta vez será diferente.

Una vez matado Dios, solo queda la Razón. El criterio científico debe guiar desde el estilo de vida hasta las políticas públicas, pasando, por supuesto, por la forma de razonar. No aplicar el método científico es sinónimo de irracionalidad.

En estos tiempos de pandemia hemos podido apreciar hasta qué punto estamos invadidos por estudiantes de segundo de carrera, youtubers e IYIs varios que consideran irracional salir corriendo si en un bosque ves un arbusto moverse de forma sospechosa.

La verdad, no sé si eso sería irracional. Lo que sé es que prefiero ser irracional a un cadáver. Y es que, si la decisión racional es revisar el arbusto para obtener más evidencia, esa puede ser la última decisión racional que tomes.

Para el divulgador científico, en cambio, si tenemos que salir corriendo o revisar el arbusto dependerá no de un criterio de supervivencia, sino de la evidencia científica disponible o de lo que diga el ministro de Sanidad.

Los empresarios, inversores, militares y las madres saben algo de esto. Primero, sobrevive. Luego, lo demás. Es normal tachar de paranoico a quien piensa así si eres divulgador científico. En tus dominios, los errores no tienen consecuencias.

Esta es la razón por la que tantos divulgadores científicos son tan osados al presentar soluciones para resolver los problemas del mundo. Están acostumbrados a que el error no tenga coste. Luego vienen los genocidios.

Pasamos de que la Verdad la tuviese alguien con sotana negra a que la tuviese alguien con bata blanca. Ahora, la tiene una niña periodista con banda ancha. Hemos degenerado.

Y lo peor es que si fuera física en vez de periodista la cosa no sería mucho mejor.

Esto tiene que quedar claro: El problema del divulgador científico no es lo que sabe o deja de saber, es que juzga a futbolistas según las reglas del ajedrez.

Sería fácil demostrar que su superior racionalidad e incuestionable método es eficaz para resolver los males del mundo: Ahí está toda la sociología, la antropología, la ciencia política, la economía, las finanzas… Están invitados a dejar de analizar partículas y hacer algún hallazgo interesante en algo realmente complejo.

En cambio, el 80% de los divulgadores científicos dedican el 80% de su tiempo a discutir con terraplanistas.

Ni siquiera es que ser divulgador científico tenga mucho mérito, cabe decir. De hecho, es bastante fácil.

¿Quieres ser uno de ellos? Preséntate como adalid de la imparcialidad, lee el primer paper que arroje una búsqueda sesgada en Google Scholar, mantén la imparcialidad en los debates que te resulten irrelevantes y cuela tus sesgos y prejuicios en los que sí te resulten relevantes.

No te preocupes. No se va a notar. El 80% de tus seguidores son completos idiotas cuya única relación con el conocimiento son tuiteros con “creo en la ciencia” en la bio. Otro 10% no sabe de los temas donde cuelas tus mierdas acríticamente. El restante 10%, lo ignoras.

Y ya está. Ya puedes esperar tu invitación a Cultube o Naukas.

No creo que este comportamiento se dé conscientemente. Son presa de sus sesgos, como todos. Pero tienen demasiado ego como para reconocer que son víctimas de aquello que critican en terceros para ganarse la vida (es normal, eran los estudiantes de 10 en el bachillerato)

Cerremos con una breve descripción zoológica del divulgador científico, que debe servirnos como guía para saber cuándo hay que debatir y cuándo hay que insultar:

El divulgador científico cree que el mundo es un laboratorio, que para comprender Las coplas a la muerte de su padre basta con conocer el abecedario y que actuar sin aducir razones es signo de barbarie. Es alguien que se despierta de la siesta con la casa llena de humo y concluye que se necesita más evidencia, alguien que no cree que una persona llorando esté pasando un mal momento porque correlación no implica causalidad y alguien a quien le dices “te quiero” y te pide papers.


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