El hombre que detesto

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El hombre moderno (y no digamos el posmoderno) vive metido hasta el gañote en lo virtual —que es lo contrario de lo virtuoso—, y no únicamente, como cabría pensar, por su infantil adicción a Internet. A ello le constriñe no tanto —con ser grave— el uso o el abuso de la informática cuanto su condición de buen ciudadano que respeta sin cuestionárselas las leyes, escritas y no escritas, coercitivas o no, del sistema político, económico, religioso, cultural y consuetudinario en el que ha nacido

Fernando Sánchez Dragó

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Hace unos días se me ocurrió que podría escribir una suerte de guía del buen vivir y del correcto obrar. A los dos minutos caí en la cuenta de que eso sólo se puede escribir cuando ya se ha hecho de noche y uno anda a tres pies.

No es el momento. Y, si me adelantase a lo que, con buen criterio, marcan la vida y el sentido común, el resultado sería fútil e inútil tanto para el que lo escribe como para el que lo lee.

Pero no poder hablar de lo que hace virtuoso a un hombre no obsta para que sí pueda hacerlo de lo que lo hace detestable.

Y aquí estamos.

Hablaré, pues, del hombre que detesto. El hombre al que intento no acercarme y del que trato de alejarme (puesto que sólo algunos de estos vicios me son ajenos).

El hombre que detesto es el hombre que comienza sus opiniones con un “no seré yo sospechoso de” o “no tengo nada en contra de”. El hombre que cumple las leyes y normas, tanto escritas como no escritas.

Es el hombre dialogante que tolera (qué asquerosa palabra) todas las opiniones, pero busca imponer las suyas con la fuerza no de sus armas (lo cual demostraría, al menos, valor), sino de las de un tercero, justificándose en la voluntad democrática de la mayoría.

El hombre que detesto es el hombre razonable que en lugar de dar un portazo y después preparar café, primero prepara el café y luego da el portazo. Es el hombre que cree que la virtud puede imponerse prohibiendo el vicio.

El hombre que detesto concibe lo que está bien y lo que está mal en función de unos supuestos derechos humanos producto de una relación de fuerzas entre poderes amorales, y ama la naturaleza porque sólo conoce la versión de Disney.

Es el hombre incapaz de ver la maldad y la debilidad en la mujer al tiempo que no ve otra cosa en los demás hombres. Es el hombre que utiliza TripAdvisor y que no se pierde en los callejones de los nuevos mundos que visita.

El hombre que detesto es el hombre que lee por referencias y que jamás lee en función de la portada. Es el hombre que antepone la productividad a un sano criterio de precaución.

Es el que sonríe y afirma que el mundo progresa mientras come Prozac y el que quiere salvar el alma a los demás prohibiéndoles aquello que teme. Es el hombre que está contra la tauromaquia pero a favor de la industria cárnica porque valora más alimentar el cuerpo que el alma.

El hombre que detesto no es el ciego, es el que aparta la mirada. El que obedece sin rechistar a quien tiene un uniforme azul o una bata blanca, porque el uno está por su Bien y el otro por su Verdad.

Es el hombre que dice que hay que hacer un examen para votar porque no se atreve a decir que la democracia implica el gobierno de la mediocridad y el que dice que hay que hacer un examen para ser padre porque no se atreve a decir que quiere que lo que representas no se reproduzca.

El hombre que detesto destina dinero a ONGs para limpiar su conciencia, pero cuando ve una noticia de que su dinero ha servido para financiar violaciones de niñas pobres en África o Latinoamérica desliza el dedo para que desaparezca de su feed.

Es el hombre que cree en la ciencia y es fiel acólito de ella, porque le proporciona una justificación a su innata propensión a la nada, al ir y venir, al no tener juicio ni criterio, ni valores ni opinión.

El hombre que cree que todo hombre tiene el mismo valor y dignidad por el hecho de serlo y también el hombre que vive por y para el dinero. El que sufre celos y no sólo los acepta, sino que se enorgullece de ellos y los alimenta.

Es el hombre que, teniendo a su madre terminal drogada con opioides sintéticos no le compraría heroína por ignorancia o, peor, por ilegal.

El hombre incapaz de disociar legal de bueno e ilegal de malo.

El incapaz de marcar su propia ley y su propia moral.

El hombre que detesto, en suma, es el hombre que no supone un problema.


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